Prueba realizada por Gaby Esono
Decir que los SUV son los nuevos coches familiares resulta ya una obviedad. Los fabricantes hace tiempo que han entendido que, por algún motivo que yo no soy quien para juzgar, a gran parte de los clientes potenciales con cierta necesidad de espacio les gustan más los todoterrenos que los monovolúmenes. Será que el componente de ocio de los primeros puede más que la orientación práctica de los segundos.


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El recuerdo que tengo de la prueba del Ford Kuga de la anterior generación es la de un coche cuyo talante estaba más orientado al confort que al dinamismo.








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Si por fuera necesité ver pasar unos cuantos Ford Kuga para llegar a distinguir la primera generación de esta segunda, por dentro no me queda la menor duda de que se trata de un Ford de última hornada.

No me acaba de convencer este planteamiento (ni en el Ford Kuga, ni en el Porsche Macan S, por poner otro ejemplo), sobre todo porque hay algunos (los cuatro que rodean el interruptor de las luces de emergencia) cuya función cambia dependiendo de la pantalla en la que nos encontremos.
Eso significa que, o te adaptas rápido al sistema, o tendrás que mirar el display constantemente, que además es demasiado pequeño para estar tan alejado de la vista.
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Eso sí, el navegador con sistema de conectividad SYNC con AppLink (cuesta 1.100 euros con el acabado Titanium, y permite activar aplicaciones del smartphone como Spotify con la voz) supone una clara evolución respecto a versiones anteriores, y pone a los sistemas de información y entretenimiento de Ford entre los más destacados de las marcas generalistas.


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Pero volviendo a lo que nos ha traído aquí, cuando uno va sentado en el Ford Kuga se siente completamente a sus anchas. El puesto de conducción es correcto, con los asientos delanteros amplios, aunque un poco más de sujeción lateral no les habría venido mal. Las plazas posteriores, por su parte, cuentan con un respaldo con varias posiciones y son aptas para todo tipo de medidas, incluso de los adolescentes hipervitaminados que tenemos hoy en día.

La combinación motor-caja de cambios, sin duda. Las prestaciones del primero y la eficacia de la segunda, aunque no tenga levas en el volante, forman un tándem de lo más satisfactorio.

La mejora en la sensación de calidad general también es notable, y el esfuerzo en hacer de este SUV un coche tecnológicamente acorde con los tiempos en los que vivimos.
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A pesar de ser concebidos como coches familiares, los SUV rara vez soportan una comparación directa con un monovolumen de tamaño similar.

Un salpicadero demasiado saturado de botones, con los de la climatización y diversos sistemas de control menos accesibles de lo deseable, sería otro de los aspectos que pondría en el debe.
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El Ford Kuga me parece un coche muy satisfactorio en términos generales, excelente en algunos aspectos y “opinable” en otros. 
El Ford Kuga 2.0 TDCi 180 CV va asociado obligatoriamente a la tracción 4×4. El acabado Titanium de la unidad de prueba cuesta 33.850 euros (1.500 euros menos si se opta por el cambio manual en lugar del muy recomendable Powershift), e incluye equipamientos como el Paquete Cuero Beige (1.400 euros), parabrisas térmico Quickclear (200 euros), techo panorámico (1.000 euros) o el control de crucero adaptativo (900 euros).
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